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  • Foto del escritorMarta Vigara

Espejo de coincidencias

Desde el primer momento que lo vi pude presentir la fuerza energética que emanaba desde lo más profundo de su ser. La manera de caminar, con una luz transparente, fina, delicada pero intensa, como un cortejo atento y prudente que en silencio le acompañaba en cada pisada sobre la orilla del mar.

Cada vez que me cruzaba con él podía sentirlo, ya fuera en la playa, en la terraza de los desayunos o cuando se sentaba en el balcón de madera de su cabaña con la espalda erguida, los ojos cerrados y un rostro conciliado con la plenitud vital. Era el guardián del silencio, y yo solo podía acercarme, no hubo ni había otra posibilidad; ahora lo sé.


Fue la primera persona que me habló sobre la meditación, fue la primera que mirándome a los ojos me explicó algo tremendamente sencillo pero absolutamente revelador : “Sólo existes tú en este momento. Tú y yo, ahora, en esta playa, tus ojos, los míos; ya está. No me preocupo por nada más, no existe la angustia, porque sólo tenemos este momento. Solo hay ahora. ¿qué quieres hacer con este momento?¿ qué quieres hacer con este momento?”.


Inevitablemente empecé también yo a sentarme a meditar. Aprendí aquellos meses recorriendo el sudeste asiático que la vida es la frescura del instante, que solo había conocido una manera tramposa de vivir, llena de objetivos, de deseos, de furiosos arrebatos de insatisfacción que me hundían cada vez más en una espiral de locos, de necios, de la frialdad de intentar ser alguien a quien ignoraba, que ni tan siquiera sabía que podía existir; absurda y ridícula en una habitación oscura. Hace ya más de 10 años que empecé a abrir todas las ventanas.


Cuando hay luz hay que compartirla. Un deseo para mí siempre ha sido hacer llegar la meditación a las personas más cercanas de mi entorno. “Medita, medita, ya verás…”  o “ ¿Has probado alguna vez a sentarte a meditar?”. Cuando experimentas y no te lo cuentan empiezas a entender mejor de qué va la cosa, y es entonces cuando el matiz se convierte en un color inolvidable y ya no se puede vivir sin esa paleta de colores. Quizás por eso el libro del “Espejo del cerebro” de Nazaret Castellanos ha sido el murmullo científico que la sociedad necesitaba para descubrir el rugido romántico de la meditación.


Quedó claro en nuestra segunda reunión del Club de Lectura que el respaldo científico te arropa en el simple hecho de sentarse a observar y mantener tu atención en la respiración. Que tu cerebro se moldee, cambie, se transforme aumentando regiones relacionadas con la felicidad y disminuya algunas relacionadas con las emociones negativas, es algo mucho más tentador, seductor y atractivo, que las palabras de una humilde practicante. Pero eso no tiene importancia, que más da quién transmita el mensaje, eso llega a ser irrelevante cuando hablamos de la profundidad de una práctica milenaria, de una práctica que nos enseña o nos abre el simple camino hacia la comprensión del sentido de la existencia, que nos dota con la capacidad de ser más felices, de abrir los ojos, levantar las cabezas de las pantallas y de sacar las manos de los bolsillos.


Es curioso como dirigiendo la mirada hacia dentro podemos limpiar nuestra mirada hacia fuera; es el interior el que transforma lo externo. Sólo hay que cerrar los ojos y respirar, lo demás se rebela por si mismo.


Ignoro cuántos de los que acudimos ayer mantendrán o iniciarán su práctica de meditación, pero estoy segura que la simplicidad de compartir nuestras opiniones, dedicarnos atención a las palabras, escucharnos, entendernos y brindar por el silencio, ya es un aquí y un ahora.

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